La noche y el día, interminables
Despistados del mundo
Despistados del Mundo
van los corderos de las estrellas.
Acosan a las perseidas
en los días de eclipses de Saturno.
Despistados del Mundo.
A ellos les cautivan los soles
que se sumergen en las montañas
y reniegan de atardeceres en los mares.
Despistados,
descolocados,
deambulantes en la tierra
y deambulantes de la niebla.
Despistados,
sonámbulos,
perdidos cuando nacen
y perdidos cuando crecen.
Despistados del Mundo
navegan por huellas ajenas.
Tuercen en las rectas
y caminan recto en las esquinas.
En el Mundo ya no suscitan creencias
ni sorprenden con sapiencias.
En el Mundo suben si no hay escaleras
y planean cuando el aire quieta.
Despistados del Mundo,
esconderos delante del enemigo.
Viaje en la noche
Electrizante noche de diamantes
encolerizada a ritmo de alto voltaje
sofocada por chorros de aire pegadizo.
Bailes de cabeza donde se nubla la mirada,
no reconoces a nadie porque nadie te ha invitado,
no buscas pareja porque no distingues los corazones,
el sudor no importa porque llueve de arriba,
buscas tu copa en el brazo del vecino por no ir a la barra,
vas y vienes por tacones y zapatos.
En la zona vip esperan tu entrada triunfal
pero huyes de reservas y crianzas.
El olor te lleva por aromas refrescantes
que seducen tu mirada.
Empiezas a bailar a un cuarto de lo que marca el ritmo
y ya no tropiezas con copas e individuos.
Marcas el ritmo a un octavo y sigues bailando,
notas que algunos siguen tu anterior ritmo,
los empiezas a ver sonreír.
Les ves las caras y uno te guiña con un dieciseisavo.
Le miras a los ojos
y le lanzas la pregunta:
tú también has leído este poema.
La montaña
Era una montaña que por color
marrón se notaba.
¡Pobre montaña cuyo color detestaba!
Emigró al horizonte para verse azulada.
Se dejó crecer vergeles y sentirse cual esmeralda.
Subió a las alturas para que el blanco la nevara.
Abrió sus cumbres cual volcán, la lava enrojeciera.
Plantó en sus faldas trigo, amarillo probara.
Nació un lago a sus pies para verse reflejada;
al mirar una tarde nublada
vio que un arco iris la abrazaba,
y por fin la montaña pudo dormir relajada.
Días de rutinas
A cada hora en punto miro la hora.
Tú, te amo,
te espero,
te ando buscando.
Ando por escondites y callejas,
bares y teatros,
libros y burdeles.
Nublado entre los ojos,
sin un par en los bolsillos;
cierro los ojos.
Mi pluma entre mis manos,
a veces ando con pinceles,
saco acordes con mis uñas;
para matar el tiempo de rutinas,
matar mi vida a escondidas.
Nostalgia de su Mundo,
esperando su llamada,
esperando su llegada,
Paraíso,
solución de todas mis intrigas,
solución de todas las mentiras,
balcón a mis recuerdos.
Tú,
regalo de la vida.
Y de noche
Es cuando la gota abandona
su capital inocencia desmembrada
por dunas de aire fluido,
y sin reconocerlo, la ocultan
y desocultan entre luces.
La oscuridad deambula como intacta
donde los insectos no paran de invocar
a estrellas ya cansadas,
y si no paran, dejarán de brillar,
y no sólo, morirán de humedad.
Una larga ruta les espera
a náufragos de lo negro casi gris
que no desahogan manchas lívidas,
y se aburrirán de notarse fatigados,
y no dormirán con los ojos abiertos.
Ya nuestro y del universo,
de los pájaros, de los que duermen
cuando la luz se ha derretido,
llorará con gritos llevando el fuego,
llorando negro y gritando.
Atardecer y atardecer
Serán tan torpes mis manos cuando
acarician el atardecer,
que hacen volar de nuevo
las gaviotas.
El Sol no se irá por culpa del horizonte,
y atardece y amanece sangriento.
Detrás del cielo, azules cósmicos que
son nublados por el brillo molesto
para los que no aman
las medusas.
Y el Sol no se irá por culpa del horizonte,
donde ruge melancolías del universo.
La armonía unísona del todo en los labios
que de tanto acariciar la orilla
hacen silbar de cariño
las peregrinas.
El Sol no se irá por culpa del horizonte,
y con niebla vestirá de trasparencia,
y con Luna dormirá en espejos.
La esperanza ha muerto
La esperanza ha muerto,
ha caído por ladrillos ciclópeos
de saltos desordenados
y se ha roto en el silencio.
La esperanza ha muerto,
fue guillotinada cuando no existía
porque no era precisa su existencia
cuando se conseguía todo en la vida.
Se ha muerto la esperanza,
y en su lugar queda la utopía,
queda la incredulidad absoluta
y el despertar de móviles con melodías.
Se ha muerto la esperanza.
Sólos, en el giro del planeta
gobernado por la noche y el día
sin miradas de horizontes violetas.
Y con ella mueren todos los supervivientes
de esos años de los sesenta,
y de los setenta y de los ochenta
y de los noventa...
U.N.K.L.E.
Baterías golpeando piedras de huecos metálicos,
voces de garaje con ecos acuáticos y ondas sinusoides,
electrizantes acordes de fondo en las noches luminosas
con punteos raspantes de sonidos desconocidos.
Un monótono piano se queda en solitario
y al instante rompe toda la tormenta que devasta la calma.
Una voz de ángel desterrado al país de la injusticia
con redoble acompasado de su propio toque crepuscular.
Olas de violines que desaparecen en la orilla,
golpes de bajo amortiguados por la siguiente nota,
platillos que perduran como monedas de saco roto
y la luz de la sombra que agoniza en la letra.
Un matillo rompedor de diamantes que no brillan
porque su luz fue gastada en la composición del estribillo,
Dos voces que se cruzan creando formas lagrimales
que dibujan el intento del significado del infinito.
Ritmos militares de guerras perdidas por no haber muertes,
sonidos de misas profanas con el órgano como único testigo,
coros de agudos al fondo de un inmenso universo
y la gravedad dejando su peso a merced del viento.
Un despertar de electrones danzantes que no conocen motivos
para ir por un solo camino y se quedan en pausa constructiva.
Una muchedumbre deja oír sus pasos para que les sigan
toda la banda hasta que las suelas dejan de sonar muertas.
Voces que viajan en pareja y suenan a todas las existidas,
la acústica del viejo tocador que se duerme en maderas calientes,
un sentir que dispara directo donde a todos nos gira el alma
y el sinsentido de teclados que se casan con toda la materia
[musical.
Y en el final de todos los ríos del planeta, donde no descansa
[el ritmo,
donde la cascada siempre estuvo tocando para tus oídos,
donde los peces se reúnen en la madrugada para crear estos
[sonidos,
están las olas de la Madre que descansa tan sólo en tus tobillos.
El secuestro
Aquí estás
en el filo de la mano
que deslizas por papeles.
Salpicones de tinte,
salpicones de palabros
vestidos en seda.
Garabatos de poesías
que en su día fueron poemas.
Aquí estás,
como si mi pensar te perteneciera.
Armada y sin tregua,
arrogante y destructora a veces,
y a veces cariñosa y dulce.
Y volverás,
a desnudarme en mis pieles,
a borrar con gotas la pluma,
a explotar amaneceres
y a poner música a los atardeceres.
Volverás,
por mi aburrir y los calores,
por el decir y los sonares,
para sacar tus frases nunca hechas
y para crear ritmos de escritores.
Yo también
Dices que te gusta el olor de mi piel
y que mi voz tiene el sonido del trueno
en la lejanía.
Te oigo decir mi nombre cantando
y suspirarme en el cuello corazones
de que eres mía.
Me demuestras sin necesidad alguna,
lo dispuesta que estás a morir sin llanto
por mi vida.
Con un ángel que te acaricia en el vuelo,
me comparas todas las noches
en tus poesías.
Por menos millones de estrellas en el aire
cambiarías un beso mío, me dices
con alegría.
No dudarás ni un solo instante en casarte
aunque no creas que a mi dios le importe
ese nuestro día.
Sabré cuando dejarás de quererme, dices suave,
porque mi sangre se congelará en mis venas
como una piedra fría.
Y también me lloras con sonrisa de ojos incautos
que solo piensas en otra cosa que no es la mía
cuando estás de manías.
Yo te contesto al oído,
yo también
Su nombre
Como se pide el silencio para escuchar las rosas,
el alma rejuvenece al sentir su sonido en los labios
de cerrar los ojos que hacen llorar las lágrimas
de colores cercanos. Su canto no es humano,
es de la tierra y es del aire que susurra a enfermedades
para curarlas con sólo rozar sus débiles manos.
Si cierras los ojos, la ves posarse como algodones
que sin vendas, sanan tus mordidas heridas, y con gotas
de su cantar te alivian las espinas más perdidas.
Sonora, suave, sensual y misteriosa.
Baile de espumas, nombre de diosas.
Segura, sinuosa, salvaje y meticulosa.
Huracanes de caricias, vocales suntuosas.
Es su lado el de los pensamientos sucumbidos,
destrozando ataduras de naufragios que no navegan,
reconstruyendo consonantes de ampliaciones y derribos.
Todo lo que no luce lo convierte en diamantes de la selva.
Todo lo que ronca áspero, en suave seda.
Es su nombre sólo para princesas.
Es su nombre sólo para quien nace con perlas.
Es su nombre el único digno de la florida naturaleza.
¡Sáname! ¡Sana mi espíritu fornido en oscuras cavernas!
¡Sáname estando despierto aún, que la luna me tiembla!
…y su sanación llega a mí entre jabones y fiestas.
No se puede tener todo
Érase una vez,
como empiezan los cuentos,
que cogiste tu escoba
para volar por los cielos
en busca de un universo.
Dejar atrás falsos recuerdos,
infiernos de ladrillos y asfalto,
pinturas machacadas por el tiempo.
Dejar a un lado torpes mentiras,
historias contadas sin contar contigo,
abrazos tras abrazos de mentes cautivas.
Sin esperar enemigos,
violas los límites y fronteras.
Sin demasiada experiencia
en descubrir otros mundos,
liberas rincones y amplios paisajes
de lo inédito y lo desconocido.
Rara vez golpeas dos veces
las puertas de viejos castillos.
En tu mano llevas las llaves
para abrir todos los entresijos.
Tus pupilas no sólo ven
gases, sólidos, luces o líquidos;
ven el pasado de lo que está
y el futuro de lo que ha existido.
Ven el placer del Creador
contemplando sus Seres queridos
cuando descubren lo divino.
Como si estuvieras en una húmeda cueva
a oscuras y sin sonido,
el recuerdo de lo que te agradaba
te hace llorar por no tenerlo contigo.
Y es que lo quieres todo
viejo amigo.
La poesía
El poema me lleva
bajo sábanas fangosas.
De mi tiran y tiran
ángeles de miseria.
¡Sonríe! mas no puedo
mientras caigan cenizas
en mi soledad pensadora.
Y es que lo intento,
pero no caen aplausos ni risas,
sólo el llanto del amargo
y el canto de la guitarra rota.
Quizás en otra vida todo cambie,
quizás todo cambie en esta vida;
mientras tanto yo aquí
y sobre mí el poema.
Creyeron un suicidio
En mi horizonte
un faro que me anuncia
que este atardecer
me esperará hasta la muerte.
Me atrevo a pasar las arenas
y subir rocas corales
como si mis pies fuesen
descalzos desde niño.
El camino desaparece
y los coches visten capotas
enterradas por las dunas
y sembradas en sus ruedas.
El aire de la tarde fresca
me acaricia con olores marinos
que me hacen cerrar los ojos
y atender al movimiento de la orilla.
Al fondo, detrás, en otra dimensión,
se intuye el sonido de la guitarra
acompañando voces humeantes
que sin humos son hogueras.
Toda la lectura hasta llegar,
la recito enterrando mis manos
donde pasando hojas de laberintos
florecen piedrecitas con números inscritos.
Hago el amor con el mar
y el mar me abraza con suavidad,
me susurra en mis labios y en mis oídos
-vine desde donde ayer nos vimos-
En el lapso del motivo y el efecto,
camino por la orilla donde la luz gira,
subiendo maderas de veleros naufragados
para contemplar el espectáculo del cielo.
Un gigante ojo anaranjado sangre
me contempla como si conociera mi destino,
con fondo azul de los ángeles con alas
y un brillo común que lo inunda todo.
En el filo del acantilado labrado por humanos,
espero erguido con los brazos flotando
la respuesta del espectáculo ofrecido
recibiendo el soplo traidor que me hace caer.
Al encontrar el fin del camino,
en un pez de raza transparente
y empecé a nadar sin motivo,
todos preguntaron donde me había metido.
Anoche le amé y no puedo
No suenan tormentas
que ahuyenten el viento de su boca
resoplando en mi aliento.
Cabalga conmigo,
y conmigo cabalga.
Me resbalo en su mundo
y las piernas me tiemblan.
La locura me invade nocturna
y el corazón no me late.
Mientras me mira con cara de ángel,
en sus ojos penetro, donde encuentro sus llaves.
Mientras me mira.
Planea conmigo,
y conmigo planea.
Le digo que no puedo.
No puedo dejar de decirle no puedo.
¿Qué significado?, dos palabras amantes;
no me queda espacio, reboso de amarle.
En el océano caemos,
y nuestros cuerpos se tensan y gritan
mientras en el océano los peces emigran.
Almodóvar del río
Paseando por la ribera del Guadalquivir
abriéndome camino tras mis pasos,
senderos sinuosos de corte ondulado.
Vastos vergeles se cruzan en mi rumbo
camino a lo desconocido
con un castillo por norte y el agua por amigo.
Castillo solitario en cumbre única,
en el valle conocido,
en el valle de ancestros planetas,
en el valle del mismo nombre.
Me quedo pensando un momento
por donde continuar mis pasos,
pero el imposible hace su aparición.
O al río o volver sobre mis pasos.
Como es invierno y hace frío,
decido coger otro camino paralelo al mío
contemplando los tres objetos:
el camino sinuoso y ondulado,
el río sinuoso y plano,
y el castillo alto y solitario.
¿Qué ves?
¿Qué ves en mis ojos?
Veo el blanco de lo húmedo
que encierra la corona
que te da el color de los cielos.
¿Qué ves en mi boca?
Veo amapolas en invierno
que acarician sonrisas
y marfiles en vida.
¿Qué ves en mi frente?
Pensamientos de inocencia
que conocen la malicia
aunque nunca la utilizan.
¿Qué ves en mi pecho?
Veo un rincón entre las nubes
donde esconderse muy dormido
y soñar con lo prohibido.
¿Qué ves en mi ombligo?
No veo nada porque mi mirada
se cae hacia el abismo
y con mis labios cierro los ojos.
¿Qué ves en mis piernas?
De nuevo mis ojos se cierran,
tu olor me recuerda que he nacido
y me besas con horizontes que tiemblan.
¿Qué ves?
Todo lo que necesito sin haberlo pedido,
a ti que me interrogas con manos temblorosas,
pintura de Velázquez y Goya sin Picasso.
¿Qué oyes?
El silencio de la música tocada en tu cuerpo,
el respiro de la diosa dominando mi mundo,
la novena de Beethoven recorriendo mis venas.
¿A qué hueles?
A respiro de aire denso en movimiento,
a jabones de pieles curtidas en almohadas,
a suaves flores con aceite de caricias.
¿Qué sientes?
El camino de Alfonso
Senderos sinuosos y ondulados
que a veces nos hacen subir al cielo del Mundo
camuflados entre espinos y ganado.
El dulce vértigo entre desfiladeros
que apuntan al filo de los bosques
donde los ruiseñores solamente le cantan al silencio.
Caminamos y danzamos
rozando el murmullo del agua en estado salvaje
que bebemos sin dudar su sabiduría.
Las nubes nos acarician y se esconden;
unas visten el paisaje con colores, brillantes;otras reparten azules cuando no lucen.
Suave balanceo de helechos y verdines
con rampantes historias de cascadas
que desgastan y suavizan las más duras del planeta.
Tres casas, un hórreo, su ermita y su cementerio.
Leña del color rojo fuego que anuncian puertas de piedra,
suelos de madera y el vaho en las ventanas del invierno.
Llegamos con licores del esfuerzo,
como viendo ángeles por amigos,
refugio de literas y peregrinos.
Nos vemos y escondemos
y nos volvemos a ver,
intentando recordar los pasos que andamos juntos.
Cada uno tiene su motivo, cuenta la leyenda.
Al llegar, el sabor del reto con el que no contábamos
se une a nuestros destinos.
Los días caminan con otros colores,
y el esfuerzo de antaño palidece
como al soltar un peso que anduvo pegado a los tobillos.
Ya todo es un poco más fácil y franqueable,
ya hemos andado el más duro de los caminos;
dicen.
Entornos
Hay bosques que chorrean
sombras y reflejos.
Cantan aguas de leyendas
y helechos de misterios.
Hay senderos de hojas secas
y ronquidos de árbol muerto.
La muerte no es lo mismo
pero asoma el cantar serio.
Un pueblo acaricia el espejo
del susurro de un llano.
Calles pobladas de naranjos
y de cal bañada en oro.
Torres de concilios y batallas,
plazas de cortijos y mercados.
una rueda paralela a otra rueda
tiradas por burro añejo
siembra de trigo el madero.
Una gitana canta en el fondo del convento,
-me metí a monja por matar el firmamento-
Unos gitanos bailan en una luna
con el fondo hueco de cielo blanco.
Ese pueblo tiene nombre
-Cualquier Pueblo es Bueno-
Rascacielos enjaulados en espejos negros,
líneas de luces con dos colores irisados.
Tambores de hojalata golpean piedras
que salpican gasolina por las calles mojadas.
Durmientes tambalean sus cuerpos hojaldrosos
donde otros van veloces adonde saben.
El olor es transparente del sabor petróleo,
con calor se vuelve cloaca de gusanos.
Estas torres van para el suelo,
cimientos de vanidad y apretujados.
Largas colas anuncian
que el espectáculo fascina pero el tiempo no.
La ciudad nunca está dormida,
se nota en sus ojeras de pintadas
que le gritan.
Es así de natural
Tenemos en las manos todos los universos
donde las estrellas nos conducen
en la iluminada ruta de los besos
y en el iris se reflejan nuestros cuerpos.
Amamos la cara oculta que se despoja libre,
cada arco de luz nos es más bello, más cercano,
y es la sombra también amiga y sensible
como el color de la Madre en el eclipse.
Dándote estoy y tú me das
como el escritor que se lee a sí mismo
y luego escribe.
No conocemos El Todo y no lo queremos,
al cielo siempre le sobrarán rincones desnudos
para quien dispone del tiempo que tenemos,
porque el mío se suma al tuyo que es eterno.
Mirándote estoy y tú me miras
como el pintor que penetra en su obra
y luego la pinta.
Como el músico que compone el violín
y luego toca el violonchelo,
acariciándonos nos dormimos entre espejos.
De real a realidad
Soy un borracho del agua
y cautivo de lo extraño,
lo menos raro,
un espejismo en el baño
a la orilla del cielo.
Los tambores están mudos de cieno
y las guitarras gritando.
Las voces susurran ya
y la luz está temblando.
Suenan canciones digitales
para que sepa que son las nueve,
y el mensaje de –no hay mensaje-
me recuerda que, tal vez, vivo.
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